Las situaciones de conflicto que tienen peor arreglo, con amigos o con conocidos, son aquellas en las que llegamos pronto a una conclusión desesperante, y nos decimos del ofensor, o del grosero, o del abusón, o del iracundo, o del jeta: “Es que ni siquiera se da cuenta”. Esos personajes tienen tan interiorizados su complejo de superioridad (más bien de inferioridad), o su mala educación, o su creencia de que todo les es debido, o su irascibilidad, o su propensión a exigir, que ni siquiera se dan cuenta de que han cometido un agravio. Así, el agraviado espera pacientemente una rectificación o unas disculpas, pero nunca las recibe, porque el otro está tan pagado de sí y se ve a sí mismo tan poco, que es incluso capaz de actuar como si nada hubiera ocurrido y de mosquearse si nota frialdad o una actitud esquiva en quien padeció su afrenta o su arrebato de cólera o sus imperdonables impertinencias. A éste se le ofrecen tres opciones: puede quejarse del exabrupto o desconsideración e intentar aclarar las cosas, pero si ya ha llegado a la conclusión mencionada, poco puede esperar de eso, pues lo más probable es que el ofensor se ofenda y en modo alguno admita su falta, y aun que la redoble en vez de dar explicaciones; la segunda posibilidad, y quizá la más frecuente, es aguantarse, dejarlo correr y fingir que no hubo agravio (esto sucede sobre todo cuando hay amistad o parentesco por medio), pero de esa solución tampoco es esperable nada, pues antes o después llevará a buen seguro a un nuevo episodio de lo mismo, y el contemporizador volverá a encontrarse en la encrucijada; la tercera, por último, es dar por imposible a quien ni siquiera se da cuenta, y apartarse de él rápidamente y para siempre.
Todos nos hemos visto más de una vez en situaciones de este tipo, en la vida personal de cada uno. A menudo resulta delicado hacerle ver a quien no está nunca dispuesto a ver fallos propios; señalarle a alguien lo disparatado o erróneo o injusto de sus argumentos; afear una conducta de la que su responsable ni es consciente. Y uno calla y traga por prudencia, exponiéndose a más amargos sorbos, o bien se aleja.
(El País Semanal, 19 de Febrero 2006)
P.S. Gracias a J. Marías por hacerme más llevaderas mis rupturas amistosas.